<<Solo podemos olvidar lo que hemos sabido previamente, por lo tanto, lo primero que debemos hacer es saber>>
Pedro Laín Entrialgo, Falangista e intelectual del régimen franquista.
La
memoria puede guardar imágenes y aromas de una fuerza tremenda. En
mi caso, guardo asociados a distintos momentos de mi infancia
aquellos olores a jazmines, a patio, a tierra mojada. A la colonia de
mi padre y mi madre. A café y pan tostado en el hornillo de gas, a
los libros antiguos de mi padre, al estuche del colegio, al plástico
de mis juguetes nuevos, a las tortas de Aguilera, a la masa de
croquetas de mi madre, a la casa de mi Tia-Abuela Esperanza...
Las
imágenes y sobre todo el olor de esa casa todavía llega a mí de
forma tan nítida como reconfortante. Aquella casa enorme de dos
plantas donde tanto he jugado en mi niñez, asustándome de sus
rincones oscuros y rebuscando entre maletas llenas de polvo libros y
comics de los años 50 y 60, fué donde vivió la mayor parte de su
vida la hermana pequeña de mi abuelo Enrique. Por entonces poco -o
nada- sabía sobre mi abuelo materno, aunque los años y la
curiosidad me reservaron la tarea de descubrir su figura. En ese
digno empeño de rescatar su memoria comencé en el año 2007 una
investigación familiar y genealógica que quince años después
parece no terminar, aunque la escasa memoria que de nuestros mayores
pervive y la parca documentación que permitiría seguir investigando
nuevas sendas van tocando el final de esta búsqueda.
Comencé
a indagar movido por fuertes motivaciones, empujado por una serie de
circunstancias vitales y familiares. La primera que me surgió muchos
años atrás, fué el deseo de realizar el árbol genealógico de
nuestra familia más completo posible, que hasta ese momento no se
había realizado y estaba seguro que nos ayudaría a conocer así
nuestras raíces y contextualizar nuestros orígenes.
En
segundo lugar nuestro padre, Miguel, comenzó a manifestar las
senectudes propias de la edad y de un cuerpo excesivamente castigado
por el duro trabajo de albañil que realizó incansablemente desde
los quince años de edad, y en ese punto de su vida quería conocer
todo lo posible sobre sus antepasados y concretamente sobre su padre,
un completo desconocido para mí hasta entonces. No sabía ni
siquiera de donde era ni qué había sido de él, y nunca quise ser
muy insistente con este tema por que intuía cierta incomodidad
siempre que pregunté al respecto, pero estaba decidido a profundizar
con detenimiento en ello. No quería dejarlo pasar más tiempo y
tener que arrepentirme antes de que fuera demasiado tarde e imposible
rescatar de su memoria sus valiosos recuerdos familiares.
Otro
motivo de peso era investigar la figura de nuestro abuelo materno,
Enrique, ya que existían igualmente muchas lagunas y algunas
contradicciones, así como una notoria falta de información sobre su
vida. También leía en mi madre dolor, incluso tanto tiempo después,
cuando hablaba de su padre y me contaba lo ocurrido en aquellos años
al comienzo de la guerra civil. Con el tiempo intuí que nuestra
quizás fuera nuestra abuela Enriqueta quien transmitiera a su hija
aquel miedo y dolor, justificado sobradamente al sufrir con 24 años
el secuestro y posterior fusilamiento de su marido, habiendo quedado
viuda y al cargo de dos hijos, uno de ellos recién nacido. Nuestra
abuela Enriqueta seguramente elaboró un relato que protegió a
nuestra madre del dolor y la locura que esos acontecimientos
supusieron, y la alejaran de conocer lo estúpida y estéril que fue
la muerte de su padre. Nuestra abuela tuvo que aprender a vivir sin
justicia toda su vida, y creo que al entender esto quise buscar
justicia para nuestro abuelo Enrique, por que hacerlo también
suponía buscarla para nuestra abuela Enriqueta y nuestra madre.
Cuando
comencé a <<tirar del hilo>>, mientras elaboraba la
genealogía e indagaba entre nuestros antepasados, descubrí que mis
padres conservaban aún buen recuerdo de casi toda la familia, aunque
muchos detalles lejanos estaban ya entre las penumbras del tiempo
pasado y sus frágiles memorias. Empecé a recopilar y a
<<entrevistar>> a mis padres y a muchos de mis parientes
vivos más mayores -los primos de ambos principalmente y algunas
tías- algunos de los cuales, en el caso de mi madre, seguían
viviendo en la casa familiar desde principios del siglo XX. Pero la
información que obtenía sobre nuestros abuelos materno y paterno
seguía siendo escasa, y prácticamente inexistente en el caso de mi
padre al haber sido criado por mi abuela Dolores y sus hermanas, ya
que el padre de nuestro padre nunca lo reconoció como hijo propio,
por lo que partía de absolutamente ninguna información sobre él.
Al existir más elementos de donde buscar e investigar entre nuestra
familia materna, decidí comenzar con su historia y ver hasta donde
se podía llegar.
Entender
la fragilidad de estos vínculos con el pasado familiar y su proceso
de reparación se estaba convirtiendo en un proceso sanador, y sigue
siéndolo a día de hoy. Tras varios años de investigación y
recopilación con familiares, y gracias también a la labor de
historiadores e investigadores, a la existencia de amplias
bibliografías, archivos civiles, archivos militares, registros
hospitalarios y hemerotecas, considero que nos encontramos todos más
cerca que nunca de poder cerrar heridas familiares que se encontraban
abiertas desde los años 30.
Me
gustaría en definitiva con este breve ensayo ofrecer algunas
historias sobre las vidas de nuestros antepasados y sus familias, con
el deseo de preservar su memoria y sirvan para conocerles un poco
mejor y así, conocernos mejor a nosotros mismos.
Cuando
miro atrás y veo todo el trabajo de búsqueda y recopilación
documental, con la escasa o nula información que nos ha llegado de
aquella época y los sesgados y complicados testimonios que los
familiares más directos me proporcionaban, debo considerar como
satisfactorio el punto en el que hoy nos encontramos con respecto al
de partida, agradeciendo cada encuentro, palabra y recuerdo que mis
allegados han sabido guardar de todos aquellos que hoy no están con
nosotros y mejor pudieron conocer a nuestro abuelos y familia
aledaña. Mi gratitud y amor para ellos, por siempre.
Para
nuestros padres: Gracias por habernos dado la vida, el cuidado y la
maravillosa humanidad que nos caracteriza. Sin vosotros no seríamos
nosotros. Gracias Miguel y Esperanza.
Para
nuestros hijos y sobrinos: que vuestro legado sume la historia que
recibís a vuestra propia historia, con sus aciertos y sus fallos.
Nunca olvidéis que transmitir aquello que hemos experimentado es un
tesoro de conocimiento que jamás se pierde; por el contrario
esconder lo que nos provoca miedo o dolor, siempre vuelve a aparecer,
hasta que lo afrontamos. Nunca dejéis heridas sin cerrar.
A papá lo crió la bisabuela Ana pues su madre se fue a trabajar a Cordoba ( en casa de un preboste de Cordoba, era como ama de llaves o sirvienta) y lo dejó en Baena. Lo amamantó la tía abuela Eugenia que entonces tenía a su hija Carmen recién nacida. Manuela, su tía fue la que bregó más con él hasta que se casó.
ResponderEliminarDolores era ferozmente guapa
ResponderEliminarDeberías poner las fotos que tienes de ellos, que nuestros descendientes conozcan a sus ancestros
ResponderEliminar